Reformar la Ley Electoral para una mayor calidad democrática

REFORMAR LA LEY ELECTORAL PARA UNA MAYOR CALIDAD DEMOCRÁTICA

El Blog que empieza pretende iniciar el debate sobre el sistema electoral y señalar líneas de mejora para un debate que se espera intenso, pero no disperso, a fin de concretar una batería de propuestas que ofrecer a la sociedad y a los políticos para instar a la mejora del sistema electoral y de su calidad democrática.

REFORMAR LA LEY ELECTORAL PARA UNA MAYOR CALIDAD DEMOCRÁTICA

El Blog que empieza pretende iniciar el debate sobre el sistema electoral y señalar líneas de mejora para un debate que se espera intenso, pero no disperso, a fin de concretar una batería de propuestas que ofrecer a la sociedad y a los políticos para instar a la mejora del sistema electoral y de su calidad democrática.

Al presidenciable Feijóo solo le queda la revolución

Las elecciones europeas supusieron una decepción para el partido popular.

Feijóo fracaso nuevamente en su empeño de debilitar al gobierno y provocar un adelanto electoral presentándose como la alternativa deseada. Ni superó ampliamente al partido socialista, ni consiguió despegarse de la ultraderecha de Vox, que pasó de 4 a 6 diputados, con el añadido ultraderechista de Se Acabó La Fiesta, partido reventista de Madrid, que se estrenó con 3 europarlamentarios.

Tras el varapalo, y el ultimátum del gobierno de volver a la mayoría anterior a la reforma de Rajoy para renovar el Consejo General del Poder Judicial, los negociadores en Bruselas, tiene ironía que un asunto interno tenga que tratarse en Bruselas (como defendía Puigdemont, en su tema, claro!) han llegado a un acuerdo que Feijóo se apresta a capitalizar jactándose de que por fin se cumple la Constitución.

Tras el correctivo recibido en las municipales y autonómicas el presidente Sánchez, movió el tablero y convocó las elecciones. La lección de 23-J fue una reválida al gobierno de coalición y la constatación de que el electorado de Ciudadanos, fagocitado, era claramente de derechas; una parte del partido popular y otra de VOX.

En estas europeas el PP se mantiene en la zona de la derecha extrema, continuando su política de fronteras difusas con Vox y, ahora también con ese partido ultra de Madrid, Se Acabó La Fiesta, que vete a saber si no acabará siendo la muleta de la presidenta madrileña, a lo Meloni.

Ante esa confusión de espacios, y al primer envite serio del PSOE por marginar al PP del protagonismo de la justicia, los de Feijóo han visto las orejas al lobo de la marginalidad. No hay duda que la legislatura depende de lo que ocurra en Catalunya y de que Pedro Sánchez, cuando arriesga en clave progresista (es decir, con medidas de avance social o político) gana y de ahí la estrella del presidente cuando toma decisiones osadas.

España, vote a uno o a otro de los bloques políticos, se sitúa mayoritariamente en el centro izquierda. En el histórico de las encuestas del CIS, cuando se pregunta al encuestado que valore del 1 al 10 (izquierda a derecha) su posición personal y la calificación que adjudica a los partidos, mayoritariamente se sitúa en el sesgo 4,5 a 5,5, el espacio dónde se sitúan el partido socialista y cerca de los nacionalismos de derecha, que están entre el 5,5 y 6. El PP aparece, según qué autonomía entre el 7.5 y 9. Es decir, derecha y derecha extrema.

En ese nuevo interregno electoral de casi dos años, a excepción de la virtual repetición en Catalunya, Feijóo debe dar un paso al centro y que sea creíble, porque todos los que dio Aznar fueron bulos electorales trabados por Miguel Ángel Rodríguez, el hacedor de Ayuso, y Esteban Pons, el inteligente organizador.

Al primer desafío de Sánchez al PP, amenazar con renovar el CGPJ por la mayoría progresista, Feijóo ha replegado velas y ha aceptado llegar a un acuerdo que ha abierto una grieta con el PNV y Esquerra. Cuidado con eso porque con el acuerdo los populares ganan y, el gobierno pierde una baza sin la contrapartida de moderación autonómica. Francina Armengol ha ofrecido sus votos para liberar a baleares del cerrojo de Vox. ¿Querría Feijóo dar la batalla por la moderación y el centrismo político o teme que sus barones, por demás nombrados en la época radical juvenil de Casado, a excepción de Juanma Moreno, que le muevan la silla como pretendió Aguirre con Rajoy en el congreso de Valencia, afianzándole en su liderazgo?

Un partido de nominalidad centrista no puede tener a Vox como compañero de viaje.

España en su conjunto respira progresismo y este, salvo revolución en el PP, está en el PSOE y en Sumar, y en las derechas nacionalistas que son, por recorrido histórico salvo anécdotas, más progresistas que el partido popular. Los nacionalismos y los independentismos de derecha están más cerca de las derechas tradicionales de nuestros vecinos europeos, donde la democracia tiene larga tradición, que de las derechas de herencia autoritaria o con orígenes en intereses de clase y confesionales, propio de las repúblicas americanas. Porque, aunque parece que se esté remando hacia las ultraderecha, el último sobresalto en Países Bajos, también es cierto que las sociedades aprenden y en Polonia las urnas han certificado el final de las derivas ultranacionalistas.

Feijóo cogió la presidencia del partido popular tras la infructuosa y alocada etapa de Casado (2018-2022); el guaperas que los demoscópicos del PP encumbraron para competir con el guapo de Sánchez. Además, de paso, tras las defenestrada Soraya Sáenz de Santamaria y la inefable María Dolores de Cospedal, escogieron al presidenciable más en la línea de los recién llegados de VOX; que todavía no había cosechado su primer éxito electoral (24 diputados en abril de 2019; 52 en la repetición de Noviembre).

La reconducción ultra conservadora diseñada era terminar con las tibiezas de Rajoy, más cauto que reflexivo y luego entregado a la táctica demoledora aznarista, que tuvo el acierto de frenar algunas iniciativas del opusismo (Opus Dei) anidado en la cumbre del partido. Cambió a su ministro de justicia Alberto Ruiz-Gallardón que quería catolizar las leyes. Retroceder en la ley del aborto, el matrimonio gay, en feminismo, en cuestión autonómica… y revisar los mensajes culturales; impulsando una censura encubierta a través de la presión a los medios, y los espectáculos, con la llave de las subvenciones y las facilidades fiscales.

Cuando a Rajoy se le escapó aquello de ¡Joder que tropa!, o ¡Vaya tropa!, en el comité ejecutivo previo al congreso de Valencia (2008), aludía a esta facción de ADN nostálgico que aún permanece en la cúpula decisoria popular; aunque algunos abandonaran el PP, como Santiago Abascal en 2013 para formar VOX, estrenándose en las elecciones europeas de 2014.

Los bandazos de Casado, ora fundiéndose con VOX ora diferenciándose con hervor, llegaron al hartazgo de la inevitable Díaz Ayuso, versión moderna de la cojonera Esperanza Aguirre. Ayuso, sin complejos, se identifica con VOX, asumiendo su ideología neoliberal y español-centrista, y excluyente de otras sensibilidades, consiguiendo su mayoría absoluta con un discurso que pretendía desarbolar la necesidad de un partido ultra a su derecha. No lo ha conseguido a tenor del nacimiento de Se Acabó La Fiesta. Con ese desparpajo desafiante regional, de Madrid, pretende dictar el rumbo de los populares tras una posible caída de Feijóo que, si quiere sobrevivir y tener opción de éxito electoral, debe armar su revolución.

El futuro político de Feijóo va ligado a que consiga impulsar un viraje al centrismo que pasa por desalojar de las cúpulas a los políticos más identificados, y ciertamente seguidores de la dinámica beligerante del periodo Casado, que sigue con el actual presidente popular.

Los pensantes del PP y si tras sus nuevos nombramiento de confianza,  Feijóo se convierte que verdaderamente en dueño de su destino político, y si no quiere convertirse en el próximo consumible de las probaturas de la derecha tradicional, tendrá que repensar su rol y en la significación del Partido Popular en la nueva política española; enmarcada en la realidad plurinacional del Estado que está suponiendo las legislaturas de Pedro Sánchez.

La soledad de las derechas, a la hora de trabar alianzas con otros partidos, estriba precisamente en su incapacidad ideológica para asumir la realidad plurinacional de España. Y en el cambio hacia esa transición de realismo político, que ya apuntaba la Constitución al referirse a nacionalidades y regiones, está la ley de amnistía que en su beneficio el PP debiera de torear con pragmatismo e inteligencia política.

Pero, ¿en qué escenario futuro piensa Feijóo? Esa beligerancia extrema, aún tras el pacto judicial acordado para desespero de Vox, solo puede explicarse desde la necesidad de ganar el próximo congreso del partido despejada la incógnita de la nueva legislatura y tras las elecciones europeas. Una repetición en Catalunya es irrelevante para el PP, nunca contará, así que llega la hora de prepararse para el Congreso nacional donde el presidente del PP tendrá que nombrar sus equipos de verdad y perfilar la oferta electoral para las próximas generales. Y, en esa nueva arquitectura electoral, si quiere pasar página de su dependencia de VOX (con el añadido de Se Acabó La Fiesta, veremos a dónde llega) y tener opciones de tejer nuevas alianza de gobierno, tendrá que saber armar una plataforma ideológica superadora de los anclajes preconstitucionales de la antigua Alianza Popular, los democristianos conservadores de la transición y de la sombra de Aznar: el centralismo político, heredero del estado unitario y de la aversión a la plurinacionalidad y la perspectiva federal.

Xavier Cassanyes García

Analista Político, autor de “La España que Sí puede Ser” Ed. Síntesis. Madrid. 2015

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1 comentario en «Al presidenciable Feijóo solo le queda la revolución»

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